11 de septiembre se venera a los santos Proto y Jacinto

¿Quiénes fueron Proto y Jacinto?

Proto y Jacinto, eran dos hermanos y valientes mártires cuyas vidas se entrelazan con los turbulentos tiempos de las persecuciones contra los cristianos bajo el emperador Valeriano y Diocleciano, nos ofrecen una historia de fe y sacrificio que ha perdurado a lo largo de los siglos.

Aunque los detalles de su vida son escasos, su legado perdura en las catacumbas de Roma y las inscripciones dejadas por el Papa San Dámaso I.

Estos hermanos esclavos, eunucos al servicio de Eugenia, hija de un noble romano, desafiaron las adversidades y llevaron el mensaje cristiano a sus amos y amigos. La historia también nos habla de la conversión de Eugenia y su posterior martirio, junto con otros fieles, tras ser denunciada por su prometido.

El culto a Proto y Jacinto es antiguo y venerado, y su tumba en las Catacumbas de San Hermes ha sido un lugar de devoción durante siglos. El descubrimiento de la tumba de San Jacinto en 1845, con sus huesos quemados como testimonio de su martirio, añadió un nuevo capítulo a esta historia de fe inquebrantable.

¿Cómo murieron y porque se los considera Mártires?

Hoy recordamos a los Santos Proto y Jacinto, quienes, junto a Santa Eugenia, tomaron la valiente decisión de seguir a Cristo, a pesar del menosprecio y la amenaza de muerte que enfrentaron en un contexto de persecución y apostasía.

Su historia está entrelazada con la conversión de Santa Eugenia, una mujer pagana que abrazó el cristianismo después de escuchar la prédica contra la herejía de los ídolos. Proto y Jacinto, quienes en ese momento eran esclavos de Eugenia, se bautizaron bajo la guía del Obispo Hilario y juntos buscaron una vida de profunda comunión con Dios a través de la contemplación y la mística en un monasterio en Egipto. Más tarde, los tres viajaron a Roma, donde el Emperador Juliano, conocido como "el apóstata", gobernaba y promovía la apostasía.

A pesar de las consecuencias, Proto, Jacinto y Eugenia defendieron su fe cristiana y enfrentaron la persecución, recordándonos la promesa de Cristo de que el Espíritu Santo nos asistirá en momentos de adversidad. Estos mártires, decapitados tras sufrir torturas, son venerados desde el siglo IV, y el Papa San Dámaso inmortalizó su valentía en un epitafio que testimonia su firmeza en la fe hasta el último aliento.

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